El 15 se septiembre de 2021 se dio la culminación de la conquista territorial del grupo extremista sunita y Pashtun, conocido con el seudónimo Talibanes, al acceder a la capital nacional Kabul tras un avance rápido e inesperado sobre el gobierno nacional, debilitado sobretodo por la retirada casi total del esfuerzo bélico norteamericano, como parte del Acuerdo de Doha de 2020.

El grupo Talibán, formado en la conservadora y milenaria ciudad de Kandahar en 1994, como respuesta de un grupo de estudiantes religiosos que veían con decepción la anarquía y corrupción que dejó el periodo post-sovietico, con diferentes grupos Muyahidines repartiéndose el territorio, logró un gran apoyo popular como restauradores del orden y la moral, hasta lograr conquistar la capital y ejecutar a sus funcionarios.

Aislado del exterior por sus duras políticas contra otras minorías y las mujeres, además de profundos problemas económicos, el grupo se consolidó como la fuerza dominante en el territorio, salvo por la conocida Alianza del Norte, grupo que posteriormente sería apoyado por Estados Unidos y otras naciones occidentales, con el fin de desarmar al movimiento, al ser protector y colaborador de Osama Bin Laden, empresario saudi que organizó múltiples ataques en suelo neoyorquino y en la propia capital norteamericana.

Tras más de 20 años, más 100 mil muertos, casi mil millones de dólares de inversiones, millones de desplazados y refugiados en campamentos en países fronterizos después, los esfuerzos occidentales por mantener a una nación que siguiera el ejemplo de las repúblicas democráticas occidentales han fracasado enormemente, volviendo el país a la situación anterior a los ataques del 9/11. La teocracia islámica, aunque tomó el Palacio Presidencial de Kabul, ahora bajo el yugo del emir Akhunzada (maxima autoridad politica y religiosa), con promesas de una mayor moderación, su accionar ha vuelto a sus bases: persecuciones y represión a las minorías religiosas, chiitas y étnicas, violacion de los derechos de las mujeres y niñas (limitando sus derechos y e importancia al mínimo), códigos de vestimenta y comportamiento tajantes y abusivos, prohibición de la libertad política y de los medios de comunicación, la prohibición de la música en los espacios públicos, arrestos arbitrarios, desapariciones forzadas de miembros de minorías étnicas, periodistas o miembros del antiguo oficialismo, condenas y ejecuciones extrajudiciales y crueles, entre otras violaciones generales de los derechos humanos, que horrorizan a la comunidad internacional, pero que son justificadas bajo una interpretación radical de la Sharia y el Corán. Ningún país ha reconocido todavía como legítimo al gobierno talibán (aunque cuente con relaciones bilaterales con distintos vecinos), por las múltiples violaciones a los derechos humanos, congelando sus activos en el extranjero y dificultando la posibilidad de recibir ayuda humanitaria, clave para un país sumido en la pobreza, inundaciones, desplazamientos internos, falta de oportunidades, recursos, entre otros factores.

El país es miembro de los principales acuerdos y tratados internacionales, pero no puede nombrar miembros nuevos por su situación de no reconocimiento, por lo que se designa a miembros del gobierno anterior. Incluso su selección de fútbol está en el exilio, flameando la vieja bandera de la república en los partidos oficiales.

El gobierno se jacta de haber combatido al crimen con mano dura (ejecuciones y amputaciones), sobre todo al narcotráfico, y atacar constantemente a los grupos terroristas, parte del acuerdo de 2020, buscando así poder acercarse a la comunidad internacional. Aun así, el Estado Islámico de Jorasán, organización derivada del Estado Islamico, rechaza la visión centralista y de acuerdo del gobierno talibán (que históricamente se ha posicionado en favor de no expandir su influencia a sus vecinos), buscando la unificación de la región del Jorasán bajo una nación islámica. Para esto, han realizado numerosos atentados, que son respondidos con mando duro por las autoridades.

Pakistan, involucrado constantemente en la historia moderna del país, ha acusado en reiteradas veces la ayuda del gobierno talibán a insurgentes que atacaron en su propio territorio. El pasado domingo 19 de octubre se firmó un alto al fuego, tras días de escalada fronteriza en relación a esta cuestión.

Por conclusion, se puede intentar teorizar sobre un futuro negro para el pais de asia central: no hay posibilidades (a corto y medio plazo) de mejora con la comunidad internacional, hay falta de infraestructuras y ayuda estatales, los derechos humanos no son prioridad de la administracion ismaica, y su interpretacion radical del islam define la iposibilidad de avances de cualquier tipo. Históricamente el país ha sido (y parece que será) una nación con problemas para el avance y la estabilidad, como si fuera una tierra maldita en donde quien se mete no consigue sus objetivos. Los británicos no pudieron imponer su dominio, los soviéticos no pudieron asegurar sus intereses y Washington terminó hace poco de confirmar dicha teoría. El panorama es verdaderamente oscuro y desolador.

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Sea como cementerio de los infiernos, o como una tierra de radicales religiosos, Afganistán se muestra ante el mundo como una nación atrasada, cruel y totalitaria, donde una etnia prevalece sobre el resto, y donde las mujeres, niñas y todo aquel que no simpatice con la interpretación de la Sharia es un enemigo.