Como pueblo milenario del este de Asia, Corea es y ha sido un área marcada por los conflictos entre las potencias regionales y globales.
Desde la anexión y ocupación japonesa de la región, su división y el conflicto militar entre 1950 y 1953 hasta la actualidad, la estabilidad ha sido una corriente para nada propensa en la zona. La división por el Paralelo 30 de la parte norte, gobernada por un régimen comunista que adoptó una versión llamada como Juche, impuesta de manera dictatorial (teocrática incluso) por una familia de apellido Kim, con la parte capitalista, republicana y “occidentalizada” del sur, que en las últimas décadas, como parte de los Tigres Asiaticos, se ha establecido como una nación de vanguardia en todos los aspectos, desplazando a su vecino marxista.
El caso es que nunca se estableció un tratado propiamente dicho de fin de las hostilidades, más bien un armisticio que buscaba a futuro el fin definitivo y una unificación, pero que, por la polarización y el nacionalismo exacerbado en ambos lados, impulsados por sus tutores ideológicos, consiguió que la cultura coreana, unida por siglos, se traslade ahora a dos polos distintos: el hiper moderno y occidentalizado sur, y el hermético, militarista y atrasado norte. La unión, aunque buscada, es una lejana posibilidad, más por la posición reciente del gobierno norcoreano a buscar una unificación por la fuerza, a partir de su presión militar y nuclear.
El norte, desde la caída de su principal abastecedor sovietico, no ha recuperado sus épocas doradas de la guerra fría y, aunque con cierto apoyo chino, el atraso es notable en todos los aspectos. Para reforzarse en el poder, la represión y torturas se acompañaron con la clara política de prohibir, salvo algunas excepciones, cualquier contacto exterior, prohibiendo además las salidas de la nación, al considerarse de suma traición.
El sur desarrolló en los últimos años otro tipo de guerra, no directa, para buscar aplacar al norte de manera pacífica: la propaganda. El extremo culto a la personalidad y las restrictivas normas doctrinarias se ven amenazadas por el ingreso de peliculas, series, frecuencias de radio y hasta música surcoreana, que muestran una mejor forma de vida, más moderna y próspera en comparación a las injurias y mentiras transmitidas por el estado, que por décadas ha dictado que desde Pyongyang se lidera la más avanzada y próspera nación del mundo. A esto se le suma (aunque mutuos) los mensajes por altavoces en la frontera, que denigran al otro.
Este proceso de “aculturación occidental” se da a partir de organizaciones afines a Corea del Sur y, hasta hace poco, de Estados Unidos, interrumpidas por el desfinanciamiento de la administración Trump. La introducción de información a partir de señales de radio e información en distintos medios a partir del contrabando por la frontera china, está logrando que muchos jóvenes (según declaraciones de estas mismas organizaciones y de exiliados) se vean atraídos hacia toda esta ola de información de un mundo nuevo, que rompe las bases de la cosmovisión cerrada de adoración al líder supremo y la inobjetable obediencia al estado. Aunque cada vez más perseguida, esta práctica sigue vigente entre la población, abriéndose ante su gobierno. La globalización, impulsora de la comunicación y contacto global, no escapa ni siquiera en el régimen más aislacionista del globo. De todas formas, esta victoria gradual del sur, por medio de la batalla cultural y propagandística, puede llegar a su fin con el gobierno de Lee Jae-myung, elegido este 4 de julio en medio de la deposición, por orden parlamentaria, del anterior presidente Yoon Suk-yeol. Este, de carácter agonista tanto en el plano local como internacional, ha declarado que buscará retomar las ya resquebrajadas relaciones con el norte, dejando de ejecutar estas medidas propagandistas. El futuro de esta guerra mediática es incierto e impredecible.
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Durante años el régimen Juche ha tratado de alejarse de toda influencia y contacto con el exterior, encerrando a sus súbditos en una cosmovisión aislacionista e hipernacionalista. La globalización y los intentos continuos de occidente por realizar una batalla cultural, con la transmisión de contenido surcoreano por medio del contrabando, puede ser el paso hacia una nueva posibilidad de solucionar la disputa coreana: la propaganda, que influye constantemente entre los jóvenes del norte.
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